Si la impunidad y la soberbia política tuvieran que buscar un escaparate, encontrarían su reflejo más nítido en la gestión de Kissy Chandiramani. Lo que durante años se ha intentado vender desde las moquetas del poder como un ejemplo de brillantez económica y administrativa no es, en realidad, más que un gigantesco castillo de naipes que ha comenzado a desmoronarse. Y el viento que lo derriba no es una simple crítica política; es el aliento de la justicia, el peso de las denuncias y el eco de una caja fuerte que suena al más absoluto de los vacíos.