Miles y miles de euros gastados para construir un helipuerto civil en nuestra ciudad y los datos que mensualmente da a conocer AENA sobre su actividad llaman a una seria reflexión.
Miles y miles de euros gastados para construir un helipuerto civil en nuestra ciudad y los datos que mensualmente da a conocer AENA sobre su actividad llaman a una seria reflexión.
Ceuta será desde esta madrugada el epicentro de un seísmo en un simulacro que ha sido considerado como uno de los más importantes que se realizan a nivel nacional, tanto por el número de medios que intervienen como por la cantidad de personas que mueve a su alrededor.
Si la impunidad y la soberbia política tuvieran que buscar un escaparate, encontrarían su reflejo más nítido en la gestión de Kissy Chandiramani. Lo que durante años se ha intentado vender desde las moquetas del poder como un ejemplo de brillantez económica y administrativa no es, en realidad, más que un gigantesco castillo de naipes que ha comenzado a desmoronarse. Y el viento que lo derriba no es una simple crítica política; es el aliento de la justicia, el peso de las denuncias y el eco de una caja fuerte que suena al más absoluto de los vacíos.
El argumentario del PSOE se ha quedado tan huérfano de logros y tan vacío de dignidad que ahora recurren a la arqueología política para intentar tapar sus propias vergüenzas. Su último comodín discursivo es restregar, con tono de superioridad moral, que José María Aznar, durante todos sus años en La Moncloa, jamás realizó un viaje oficial a la ciudad de Ceuta. Y es cierto, es una verdad histórica innegable y un reproche institucional legítimo. Pero utilizar esa ausencia física como escudo para justificar el desastre y la claudicación actual es un insulto a la memoria y a la inteligencia de los ceutíes.
Este martes toca volver al colegio. Mochilas preparadas, profesores en sus aulas, trabajadores regresando a sus puestos y miles de familias intentando recuperar una normalidad que, en Ceuta, hace tiempo que dejó de ser normal. Y quizá la mejor noticia que podamos pedir es tan sencilla como preocupante: que no pase nada. Que ningún alumno, ningún docente ni ningún trabajador tenga que vivir una situación que nunca debería producirse dentro o en las inmediaciones de un centro educativo.