Hay momentos en la vida en los que ser educado, leal y disciplinado deja de ser una virtud para convertirse en una condena. Y creo que Miguel Ángel Pérez Triano ha llegado a uno de esos momentos. Lo digo desde el cariño, desde la amistad y desde el conocimiento de la persona que hay detrás del cargo: un hombre profundamente ceutí, con ideales de izquierdas, preparado, capaz, educado y que quiere a su tierra. Precisamente por eso duele verlo hoy tan señalado ante una ciudadanía que está pagando las consecuencias de una situación que él no ha provocado y cuya solución, además, no está en sus manos.
Hay momentos en la vida en los que ser educado, leal y disciplinado deja de ser una virtud para convertirse en una condena. Y creo que Miguel Ángel Pérez Triano ha llegado a uno de esos momentos. Lo digo desde el cariño, desde la amistad y desde el conocimiento de la persona que hay detrás del cargo: un hombre profundamente ceutí, con ideales de izquierdas, preparado, capaz, educado y que quiere a su tierra. Precisamente por eso duele verlo hoy tan señalado ante una ciudadanía que está pagando las consecuencias de una situación que él no ha provocado y cuya solución, además, no está en sus manos.
Miguel, te has comido un marrón que no te corresponde. Has puesto la cara, has aguantado críticas y has defendido decisiones que vienen de mucho más arriba, mientras Ceuta se sentía sola, abandonada y humillada. Y quizá haya llegado el momento de preguntarte si merece la pena seguir ocupando una silla desde la que cada vez tienes menos capacidad para ayudar a la tierra que quieres. Porque una cosa es ser leal a unas siglas y otra muy distinta permitir que esas siglas terminen arrastrando tu nombre por un camino que no has elegido.
Por eso te lo digo como amigo: no te ciegues. Mira a Ceuta, mira a sus calles y escucha a sus vecinos. No esperes que Sánchez, Marlaska, Ángel Víctor Torres, Robles o cualquiera de los que hoy toman decisiones desde Madrid venga mañana a devolverte el reconocimiento que puedas perder aquí. La política pasa; el nombre de las personas queda. Y tú tienes todavía la posibilidad de decidir cómo quieres que se recuerde el tuyo.
Quizá haya llegado la hora de hacer algo que nunca te ha caracterizado: dejar de ser educado. Salir por la puerta de la Delegación, cruzar la acera y volver a colocarte junto a los tuyos, como un caballa más. Coger la bandera de Ceuta y ondearla sin complejos. No contra nadie, sino por tu tierra. Porque a lo mejor desde fuera de ese despacho puedes defender mucho mejor aquello que desde dentro ya no te están dejando defender.
Miguel, el honor no te falta. Te sobra. Solo te falta tomar una decisión. Y quizá algún día descubras que marcharte no fue abandonar una responsabilidad, sino recuperar la libertad para mirar a los ceutíes a la cara. Si de verdad quieres a Ceuta tanto como quienes te conocemos sabemos que la quieres, da un paso al frente. Esta vez, por ti. Pero sobre todo, por ella.