Cada vez que se produce una gran operación antidroga, ya sea en el Estrecho o en la valla, surge la misma sensación: si quieren, pueden. El Estado, con todos sus medios —barcos, helicópteros, satélites y tecnología punta— es perfectamente capaz de desarticular redes, vigilar rutas y cerrar el grifo del narcotráfico. Pero, curiosamente, ese músculo solo se muestra en momentos puntuales. Mientras tanto, lanchas narco cruzan el mar como Pedro por su casa y las redes de tráfico humano y de drogas hacen y deshacen a su antojo.
