Aquel uno de febrero de 1935, no fue un día normal para los ceutíes, un paisano suyo, el sargento Vázquez había sido pasado por las armas, tras luchar junto a los mineros asturianos, durante el movimiento revolucionario de octubre de 1934. Tras la terminación de la huelga general y la detención del ceutí Vázquez, le formalizaron un consejo de guerra, celebrándose el 3 de enero, acusándole el juez de rebelión militar, pidiendo para el procesado la pena de muerte. El padre, Miguel, profesor de la banda militar del grupo de Regulares de Ceuta, se encontraba al lado de su hijo en Oviedo, y en Ceuta, en la calle Machado, estaba su madre, África Corbacho, junto a su otro hijo Miguel, también sargento de Regulares. A las cinco de la tarde recibieron un telegrama desde Oviedo: "Diego condenado a la ultima pena, hagan gestiones".