Opinión
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Hay ocasiones en que las buenas ideas llegan desde fuera porque quienes deberían haberlas tenido dentro no supieron o no quisieron formularlas. Eso es lo que ha ocurrido con la propuesta del ministro del Interior alemán, Alexander Dobrindt, quien ha pedido un procedimiento de deportaciones aceleradas para crisis migratorias como la que sufrió Ceuta el pasado 30 y 31 de julio. La iniciativa, presentada durante una reunión en Múnich con sus homólogos europeos y con el comisario de Migración, Magnus Brunner, plantea la creación de un mecanismo europeo para gestionar crisis migratorias, con procedimientos de repatriación urgente, una fuerza de respuesta rápida de Frontex desplegable en veinticuatro horas y un nuevo sistema de apoyo para los países sometidos a presión en sus fronteras exteriores. La propuesta es sensata, oportuna y necesaria. Y resulta llamativo que tenga que venir de Alemania, y no de España, el país que sufrió la crisis. Porque si alguien debería haber liderado esta iniciativa en Bruselas, ese alguien era el Gobierno español, que vivió en primera persona la entrada masiva de más de setenta y dos mil personas en una ciudad de ochenta y cuatro mil habitantes y que, sin embargo, ha permanecido prácticamente en silencio en los foros europeos durante casi dos meses.

Hay ocasiones en que las buenas ideas llegan desde fuera porque quienes deberían haberlas tenido dentro no supieron o no quisieron formularlas. Eso es lo que ha ocurrido con la propuesta del ministro del Interior alemán, Alexander Dobrindt, quien ha pedido un procedimiento de deportaciones aceleradas para crisis migratorias como la que sufrió Ceuta el pasado 30 y 31 de julio. La iniciativa, presentada durante una reunión en Múnich con sus homólogos europeos y con el comisario de Migración, Magnus Brunner, plantea la creación de un mecanismo europeo para gestionar crisis migratorias, con procedimientos de repatriación urgente, una fuerza de respuesta rápida de Frontex desplegable en veinticuatro horas y un nuevo sistema de apoyo para los países sometidos a presión en sus fronteras exteriores. La propuesta es sensata, oportuna y necesaria. Y resulta llamativo que tenga que venir de Alemania, y no de España, el país que sufrió la crisis. Porque si alguien debería haber liderado esta iniciativa en Bruselas, ese alguien era el Gobierno español, que vivió en primera persona la entrada masiva de más de setenta y dos mil personas en una ciudad de ochenta y cuatro mil habitantes y que, sin embargo, ha permanecido prácticamente en silencio en los foros europeos durante casi dos meses.

Dobrindt fue claro al señalar la naturaleza del fenómeno. "Estas oleadas no están causadas por una emergencia humanitaria, sino que son fruto de la desinformación", afirmó el ministro alemán. Esa frase, pronunciada por un responsable político de un país que tradicionalmente ha sido reacio a adoptar medidas restrictivas en materia migratoria, constituye un reconocimiento implícito de que lo ocurrido en Ceuta no fue una crisis humanitaria, sino una operación de desestabilización. La desinformación, la viralización de mensajes en redes sociales, la utilización de una sentencia del Tribunal Supremo como arma de propaganda, la complicidad activa de las fuerzas de seguridad marroquíes que guiaron a los migrantes hacia la frontera: todo eso encaja en el diagnóstico de Dobrindt. No es una emergencia humanitaria; es una agresión híbrida. Y las agresiones híbridas no se combaten con paños calientes humanitarios, sino con instrumentos jurídicos y operativos proporcionados a la naturaleza de la amenaza.

La propuesta alemana tiene tres elementos que merecen ser destacados. El primero es la creación de un procedimiento de repatriación urgente para los casos en que las autoridades determinen que existe una situación excepcional no vinculada a una emergencia humanitaria. Ese procedimiento permitiría acelerar las devoluciones sin necesidad de tramitar cada expediente de forma individualizada, siempre que se acredite que la entrada masiva responde a una operación de instrumentalización migratoria y no a una crisis humanitaria genuina. El segundo elemento es el despliegue de una fuerza de respuesta rápida de Frontex en un plazo de veinticuatro horas. Esa fuerza, que Alemania propone crear en el seno de la agencia europea de fronteras, permitiría a los Estados miembros afectados recibir asistencia operativa inmediata, sin tener que esperar semanas o meses a que se activen los mecanismos ordinarios de ayuda. El tercer elemento es la creación de un nuevo mecanismo europeo de apoyo para los países sometidos a presión en sus fronteras exteriores, que incluiría financiación de emergencia, medios materiales y asistencia técnica. Los tres elementos responden a las carencias que la crisis de Ceuta puso de manifiesto: la lentitud de los procedimientos, la insuficiencia de los medios disponibles y la falta de coordinación europea.

La propuesta alemana es, en esencia, una respuesta a la inacción española. El Gobierno de Pedro Sánchez tardó más de un mes en solicitar formalmente la intervención de Frontex, tal y como reconoció el propio Parlamento Europeo en su resolución de 17 de septiembre. Solicitó ayuda financiera de emergencia el 24 de agosto, casi un mes después del inicio de la crisis, y no pidió formalmente el refuerzo de Frontex, Europol y la Agencia de Asilo de la Unión Europea hasta el 28 de agosto. Esa demora provocó extrañeza entre los propios socios europeos, que no entendían por qué España tardaba tanto en recurrir a unos mecanismos que estaban a su disposición desde el primer día. Si España hubiera tenido un plan, si hubiera sabido lo que quería pedir, si hubiera actuado con la diligencia que la situación exigía, no habría sido necesario que Alemania planteara ahora la creación de un mecanismo de respuesta rápida. El mecanismo ya existía; lo que faltaba era la voluntad política de activarlo.

Y ahí está la paradoja. España, que fue el país agredido, que sufrió la entrada masiva, que vio cómo su soberanía era vulnerada y sus servicios públicos colapsados, no ha liderado la respuesta europea. Ha sido Alemania, un país que no sufrió la crisis directamente, quien ha tomado la iniciativa. Ha sido un ministro alemán quien ha dicho en voz alta lo que el Gobierno español no se atrevía a decir: que las oleadas migratorias masivas no son emergencias humanitarias, sino operaciones de desinformación; que Frontex debe poder desplegarse en veinticuatro horas; que Europa necesita un mecanismo de respuesta rápida para crisis como la de Ceuta. Mientras tanto, el ministro del Interior español, Fernando Grande-Marlaska, sigue hablando de tranquilidad, de normalidad y de procedimientos que se tramitan conforme a la ley, sin haber planteado en Bruselas ni una sola propuesta de calado para evitar que una crisis como la de Ceuta vuelva a repetirse.

La buena idea alemana también pone de manifiesto una contradicción en la política migratoria europea. Alemania, que durante años defendió una política de acogida generosa, que abrió sus fronteras a más de un millón de refugiados en 2015 y que criticó a los países que se negaban a recibir migrantes, es ahora quien lidera la propuesta de deportaciones aceleradas. Ese giro no es casual. Responde a un cambio profundo en la percepción de la opinión pública alemana, que ha visto cómo la inmigración irregular descontrolada generaba problemas de integración, de seguridad y de convivencia. Y responde también a una constatación objetiva: la instrumentalización de la migración por parte de terceros países, como Marruecos, es una amenaza que afecta a toda la Unión, no solo a los Estados miembros de la frontera sur. Si Marruecos puede desestabilizar España utilizando la migración como arma, cualquier país europeo puede ser objeto de una agresión similar. La solidaridad europea, en este contexto, no consiste solo en recibir migrantes, sino en proteger las fronteras exteriores y en impedir que sean utilizadas como instrumento de presión política.

La propuesta de Dobrindt debería ser recibida con satisfacción por el Gobierno español. No solo porque responde a las necesidades que la crisis de Ceuta puso de manifiesto, sino porque sitúa el debate en el terreno adecuado: el de la seguridad, la legalidad y la defensa de la soberanía. Durante semanas, el Gobierno español ha intentado evitar que la crisis de Ceuta fuera calificada como un ataque híbrido, como una agresión a la integridad territorial, como una operación de instrumentalización migratoria. Ha preferido hablar de crisis humanitaria, de fenómeno migratorio, de solidaridad y acogida. Pero Europa no comparte ese relato. El Parlamento Europeo aprobó una resolución que condena la instrumentalización de la migración como herramienta de guerra híbrida. El comisario Brunner ha recordado que el objetivo sigue siendo el retorno de quienes permanecen ilegalmente. Y ahora el ministro del Interior alemán propone un procedimiento de deportaciones aceleradas específicamente diseñado para crisis como la de Ceuta. La conclusión es evidente: Europa considera que lo ocurrido en Ceuta fue un ataque, y está dispuesta a dotarse de instrumentos para responder a ataques similares en el futuro. España debería sumarse a esa iniciativa con entusiasmo, en lugar de mantener el silencio incómodo de quien no quiere reconocer que la realidad ha desmentido su relato.

La buena idea alemana es, en definitiva, una llamada de atención. Una llamada de atención a España, para que asuma su responsabilidad en la defensa de las fronteras exteriores de la Unión. Una llamada de atención a Europa, para que no deje solos a los Estados miembros que sufren agresiones híbridas. Y una llamada de atención a quienes siguen creyendo que la migración irregular puede gestionarse con buenas intenciones y paños calientes. La crisis de Ceuta demostró que no. La propuesta alemana demuestra que hay alternativas. Solo falta que España las apoye y que Europa las implemente. Porque la próxima crisis, cuando llegue, no esperará a que los ministros se reúnan en Múnich para debatir sobre mecanismos de respuesta rápida. Llegará sin avisar, como llegó la del 30 de julio. Y entonces, más vale que Europa tenga los instrumentos preparados. 

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Ceuta, Jueves 01 de Octubre del 2026

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