Mi Rincón
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Hay momentos en los que un país tiene que dejar de limitarse a protestar y empezar a demostrar que también sabe poner límites. Si Marruecos decide tensar la relación con España, utilizar la presión fronteriza o cuestionar una y otra vez la españolidad de Ceuta y Melilla, España debería responder con firmeza y con todas las herramientas diplomáticas y económicas que tenga a su alcance. Porque una relación de buena vecindad no puede convertirse en un cheque en blanco ni en una vía de sentido único.

Hay momentos en los que un país tiene que dejar de limitarse a protestar y empezar a demostrar que también sabe poner límites. Si Marruecos decide tensar la relación con España, utilizar la presión fronteriza o cuestionar una y otra vez la españolidad de Ceuta y Melilla, España debería responder con firmeza y con todas las herramientas diplomáticas y económicas que tenga a su alcance. Porque una relación de buena vecindad no puede convertirse en un cheque en blanco ni en una vía de sentido único.

Y si hace falta revisar acuerdos, ayudas, cooperación, conexiones, tránsito de mercancías y cualquier otro instrumento de presión legítimo, que se haga. ¿De qué sirve proclamar que España es un socio estratégico si después cualquier provocación queda sin una respuesta proporcional? La diplomacia no consiste en agachar la cabeza para evitar problemas; también consiste en dejar claro dónde están las líneas rojas.

Marruecos puede reivindicar lo que considere oportuno, faltaría más, pero España también puede decidir qué relación quiere mantener con quien cuestiona reiteradamente su soberanía. Y ahí entra una cuestión fundamental: la frontera no puede utilizarse como arma política. Si cada crisis termina con España cediendo, financiando o negociando bajo presión, lo que se está premiando no es la cooperación, sino el pulso.

Por eso quizá haya llegado la hora de cambiar el guion: menos discursos y más consecuencias. Revisar la cooperación económica, exigir reciprocidad, reforzar la frontera y utilizar con determinación las herramientas diplomáticas y comerciales disponibles. No se trata de buscar una guerra con Marruecos, sino exactamente de lo contrario: conseguir que entienda que España quiere ser un vecino y un socio, pero no un país al que se puede presionar indefinidamente.

Porque la firmeza no consiste en gritar más fuerte. Consiste en demostrar que también existen consecuencias cuando alguien decide tensar demasiado la cuerda. Y quizá cuando Rabat compruebe que al otro lado de la mesa también hay límites, reivindicaciones y decisiones que tienen un precio, esa soberbia de la que tantos españoles están cansados empiece a bajar varios grados.

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Ceuta, Viernes 04 de Septiembre del 2026

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