Hay que tener un distanciamiento absoluto de la realidad para sentar en el banquillo a quienes tuvieron que gestionar sobre el terreno el colapso de una frontera. Que un presidente autonómico deba acudir a un notario para certificar llamada a llamada, minuto a minuto, que pidió auxilio a la Moncloa no es solo una humillación institucional, es la constatación del esperpento en el que vive instalado cierto sector del Poder Judicial.
Hay que tener un distanciamiento absoluto de la realidad para sentar en el banquillo a quienes tuvieron que gestionar sobre el terreno el colapso de una frontera. Que un presidente autonómico deba acudir a un notario para certificar llamada a llamada, minuto a minuto, que pidió auxilio a la Moncloa no es solo una humillación institucional, es la constatación del esperpento en el que vive instalado cierto sector del Poder Judicial.
Desde sus despachos con calefacción, con el Código Penal subrayado, un montón de papelitos de colores fluorescentes separando cientos de hojas y una alarmante ceguera ante la emergencia humanitaria y geopolítica, jueces e instructores pretenden juzgar una hecatombe como si fuera una infracción de tráfico. En mayo de 2021 entraron miles de personas desbordando cada rincón de Ceuta. La ciudad no gestionaba expedientes; gestionaba el abismo. Pero la judicatura, siempre tan celosa de sus plazos y tan ajena al barro, prefiere reducir la supervivencia de una ciudad a un tecnicismo administrativo, criminalizando el socorro y lavando las manos a quienes realmente toman las decisiones de Estado.
Este fetichismo procesal roza lo sádico. Obligar a probar con acta notarial el desamparo mientras se ignora la inacción flagrante de los ministerios centrales demuestra hasta qué punto el celo judicial se ha convertido en un espectáculo punitivo. No buscan justicia; buscan cabezas de turco accesibles a las que endosar el fracaso de todo un sistema. Cuando la ley pierde el contacto con la catástrofe que pretende ordenar, deja de ser garante de derechos y pasa a ser una máquina sorda e implacable. En Ceuta, mientras la frontera cedía, la judicatura ya afilaba el lápiz para redactar autos desde la comodidad de quien jamás ha visto el miedo a la cara. Entre lo que vemos a nivel nacional y en Ceuta se están convirtiendo en un estamento vomitivo.