El acuerdo entre España y Marruecos de 2022, que prometía un nuevo capítulo de entendimiento bilateral, parece hoy más un espejismo que una realidad tangible. Marruecos, experto en jugar sus cartas con una mezcla de chantaje y menosprecio, vuelve a demostrar que para ellos las promesas son solo herramientas para obtener beneficios inmediatos, no compromisos serios. Y España, por su parte, parece incapaz de plantar cara y exigir el respeto que merece como nación soberana.
