En el discurso público y mediático se repite una idea sencilla y seductora: las máquinas “ya son inteligentes”. Esa afirmación tiene valor retórico, pero se desmorona cuando la confrontamos con criterios básicos de lo que entendemos por inteligencia. Si definimos “inteligencia” como la capacidad de comprender contextos, recordar con fidelidad, razonar sobre promesas y garantizar coherencia entre intención y ejecución, las plataformas actuales fallan de manera estructural. Lo que hoy se vende como IA es, en realidad, un conjunto de modelos estadísticos extraordinariamente potentes para generar texto y predicciones, pero con carencias esenciales. A continuación expongo por qué no merece el nombre “inteligencia artificial” y cuáles son los cuatro vectores que deberían existir para merecerlo.
