Beber y conducir nunca han hecho buena pareja. Y aunque parezca una obviedad, hay quien sigue pensando que "una copita no hace daño". La realidad es muy distinta: con una tasa de alcohol superior a 0,3 gramos por litro en sangre, el riesgo de sufrir un accidente se triplica. No es una suposición ni un susto preventivo, es un dato que debería hacernos reflexionar seriamente cada vez que cogemos el volante después de haber bebido.