La detención de un supuesto proxeneta esta madrugada en un ático de la Gran Vía no es solo un golpe a la criminalidad organizada, sino un recordatorio escalofriante de que la explotación sexual sigue presente en nuestra ciudad, incluso en zonas tan céntricas y transitadas. El hecho de que haya sucedido en un edificio habitado por familias y vecinos que probablemente convivían a diario con esta realidad sin sospecharlo, es alarmante y debe encender todas las alarmas.