Lo ocurrido este jueves en las playas de Ceuta es la consecuencia de una indignación que lleva demasiado tiempo acumulándose. Casi un mes después de la entrada masiva de personas procedentes de Marruecos, la ciudadanía continúa esperando respuestas mientras contempla cómo parte de quienes llegaron siguen en las calles, en asentamientos improvisados y en distintos puntos de la ciudad. El hartazgo es comprensible. La violencia, sin embargo, no lo es.