“Hoy no se compite por diamantes, fútbol o superestrellas. Se compite por cerebros que escriben código. Porque quien controle la inteligencia artificial, controlará la humanidad.”
“Hoy no se compite por diamantes, fútbol o superestrellas. Se compite por cerebros que escriben código. Porque quien controle la inteligencia artificial, controlará la humanidad.”
Cuando dejé de ser diputado, muchos me preguntaron si lo extrañaría, la verdad es que no. No porque no haya sido una experiencia valiosa, lo fue, sino porque entendí con el tiempo, que el poder, las agendas y los aplausos no llenan lo que realmente importa: la tranquilidad de vivir en coherencia con uno mismo.
Cuatro años después de que Fatima Hamed y el Movimiento por la Dignidad y la Ciudadanía (MDyC) impulsaran la declaración de Santiago Abascal como persona non-grata en Ceuta —una acción tan simbólica y mediática como inútil —, la realidad política que hoy representa su figura no puede ser más contradictoria con aquel gesto. Lo que en su momento se presentó como una defensa encendida y teatrera de los valores democráticos y de la convivencia, se ha convertido hoy en una coartada discursiva que pretende maquillar una verdad incómoda: la integración progresiva de Hamed en la arquitectura de poder que encabeza el Partido Popular de Juan Vivas.
En la historia de las naciones, hay momentos de inflexión.
En un mundo donde la cifra bruta parece haberse convertido en dogma, titulares como “Japón tiene una deuda del 252 % del PIB y no se hunde” se replican como un mantra que justifica la laxitud fiscal en otras latitudes. No obstante, esta comparación es falaz y peligrosa. Japón y Estados Unidos no son intercambiables. Sus estructuras económicas, sus fundamentos monetarios y su composición inversora se parecen tanto como un bonsái a un sequoia.