Aquella mañana Juan de Portoplano, miraba la hoja de bits, y pensaba y repensaba, que debería inscribir en ella, que fuese verdad y bondad. Se cuestionaba, después de décadas de rellenar hojas, con palabras y frases e ideas, y papeles con imágenes llenos de ideas y colores. Si había servido para algo, si había pensado y sentido en algo. Si había descubierto alto, que sirviera para sosegar un poco algún corazón humano. Si algo o mucho quedaría de ese afán a los humanos o humanes, fuesen como fuesen, de dentro de diez o veinte o cinco generaciones, que posiblemente, ya habitarían también algo del resto del sistema solar.
